“Mi confrontación con la docencia”
Mis primeros estudios fueron los de Técnico en Mecánica Naval, y con esta carrera, desde el mes de Enero de 1989 hasta Julio de 1994 me desempeñé como docente de asignaturas tecnológicas de la misma carrera y en el mismo plantel del que egrese. Todo inició por la falta de un docente que impartiera las asignaturas de Máquinas-herramientas y Sistemas Hidráulicos. Como el director en turno había sido mi maestro de matemáticas y conocía de mi experiencia en la industria púes mientras estudiaba también trabajaba en ese campo, me solicitó cubriera dicha vacante de manera temporal y sin percepción alguna pues él conocía de mis planes de continuar estudiando.
Y en efecto, como narra José M. Esteve: aún recuerdo no sólo el primer día de clase, en el que al subir cada escalón de la escalera para llegar al final del pasillo que me llevaría al aula numero 10, me temblaban las piernas y se agitaba mi respiración, no por el esfuerzo de subir, sino por esa ansiedad que te hace zumbar los oídos y sentir hormigueo en el estomago. Y ahí estoy, en el pasillo, veo al final de él a un grupo de estudiantes con los que un año atrás había jugado y bromeado, incluso, discutido con alguno de ellos. Recuerdo con mucha claridad el día anterior cuando el director me entregó el programa de “lo que debía enseñar”. ¿Y cómo le hago ingeniero?, yo nunca he dado clases. “Pero eres bueno en lo que haces allá afuera, enséñales eso pero de acuerdo al programa”. Toda la tarde me estuve preguntando ¿por dónde y cómo empiezo?, ¿qué les digo para que me pongan atención y aprendan?. Finalmente decidí que hacer unos diagramas de circuitos hidráulicos con símbolos que seguro estaba nunca habían visto me daría esa seguridad y autoridad que necesitaba para demostrarles que “yo tenía el control, porque sabía mucho”. Me acerco al grupo de alumnos al final del pasillo y saludo: “buenos días jóvenes”. “¿Qué onda gûey, porqué tan ceremonioso pa saludar?, ¿qué te trae por acá?”. “Soy su nuevo maestro de hidráulica”. Ja ja ja, ¡No inventes!, ¿Tú?. En ese momento todos mis planes del maestro que “sabía mucho” no sirvieron de nada porque ese recibimiento nunca lo consideré. Así que en lugar de mostrar mis diagramas que había preparado, los invité al taller y frente a ellos llevé a cabo la reparación de un equipo de simulación que por mucho tiempo había estado averiado, eso captó su atención, la atención que yo deseaba para mostrarles mis diagramas y decirles que para reparar equipos de ese tipo era necesario saber interpretar sus diagramas. A base de ensayo y error logré que aprendieran a interpretar y construir circuitos hidráulicos. Sin darme cuenta, practiqué la definición magisterial de Miguel de Unamuno: les hice sentir la necesidad de aprender circuitos hidráulicos, para pensar en las soluciones de equipos descompuestos y mediante estos conocimientos poder acceder a un ingreso económico como yo y que todos consideraron era un excelente sueldo en ese momento. A base de ensayo y error, experimentando cosas nuevas y rompiendo esquemas hasta en el lenguaje con que me dirijo a mis alumnos, me he formado como docente. Ese ha sido y creo que será el mejor grupo de alumnos que tendré en mi vida como maestro, porque, como cita Ma. Carmen Díez, en esa aula 10 y en el taller no solo compartimos el tiempo, el espacio y el afecto mutuo, sino que surgieron entre ellos y yo lazos afectivos que aún prevalecen. Ahí aprendí y descubrí que puedo ser un buen interlocutor con mis grupos, porque fácilmente puedo establecer canales de comunicación con ellos y con esto, según Esteve, ya eliminé una de las dificultades a que nos enfrentamos para ser maestros de humanidad aunque como cada grupo es único, esto significa que debo permanentemente “pensar y sentir” nuevas formas de comunicarme con ellos.
A pesar de que me considero un buen interlocutor, el reto de divertirnos en grupo cuando explico algún tema, no lo he superado del todo a pesar de que no soy el maestro que guarda su cuaderno de hojas amarillentas que contienen los apuntes de hace 10 años y de que me auxilio de apoyos como presentaciones en PP, consultas en páginas de internet, etc. Porque reconozco que no todos los días, antes de explicar un tema, me he preguntado qué sentido tiene que me pare frente a mis chicos y les hable de ello, qué les voy a aportar, para qué les va a servir, mucho menos cómo enganchar lo que ellos saben con lo que yo quiero que aprendan. La implementación de la reforma me sorprendió siendo directivo y sin estar frente a grupo. Ahora, enfrento la mayor de mis dificultades como docente frente a grupo: ponerme al corriente con las nuevas formas de trabajo en el aula que mis compañeros maestros vienen experimentando desde hace 4 años y a las cuales los alumnos ya están más o menos acostumbrados. Me inquieta ser la pieza que no encaja en este rompecabezas tan complejo.
Después de un semestre, me hicieron la propuesta de contratarme para laborar oficialmente en el plantel, haciéndome ver las virtudes que ofrece esta profesión: trabajas con personas a las cuales puedes ayudar en su formación, existen tres periodos vacacionales al año, laboras en horarios flexibles de lunes a viernes y eso te permitirá continuar estudiando, entre otras.
Reconozco que no había considerado dedicarme a la docencia y que fueron las circunstancias del momento, así como la satisfacción que me brindaron las primeras experiencias de compartir con mis alumnos esos conocimientos adquiridos en el sector laboral lo que me llevó a renunciar a mi empleo en la iniciativa privada e incorporarme de tiempo completo a la docencia.
Y ahí estaba ahora, contratado oficialmente para ser docente en un plantel de EMS después de haber renunciado a trabajar en el sector industrial, entre máquinas que funcionaban gracias a la combinación de la electricidad, mecánica, electrónica y la hidráulica... y también a mi trabajo y el de otros que nos encargábamos de darles mantenimiento o repararlas cuando se dañaban. ¡De técnico mecánico industrial a maestro!, ¡Que giro! Yo sabía como arreglar máquinas para que hicieran su trabajo pero no sabía como organizar a un grupo de chavos, casi de mi edad, para que hicieran el suyo: aprender. Encontrar mi identidad en la nueva profesión que había elegido no fue fácil, pero sin saber que estaba en búsqueda de ella, partí de algo que me pareció básico: yo no sería como aquellos de mis maestros que recordaba con desagrado y buscaría, por el contrario, la forma de ser como aquellos que, al recordarlos, hacían sentir en mi una inmensa gratitud hacia ellos. Con ello, me siento afortunado porque mi gran y mejor maestra Refugio, quien me enseñara el mundo a través del entendimiento de las letras a mis 8 años de edad siempre decía: “yo vengo con mucho gusto hasta este rincón, lejos de la civilización y de mi hogar para enseñarles a ustedes que pueden tener una mejor vida, y lo hago, porque me gusta trabajar para ustedes”. Ella me enseño con amor, con paciencia y dedicación y sin saberlo, sembró en mí las bases para encontrar mi identidad como docente porque en esos valores descansa mi trabajo actual por lo que estoy convencido de esta frase que leí no recuerdo donde: “la educación no debe ser concebida, sino como un acto de amor y buena voluntad hacia nuestros semejantes”. Me propuse y me fue fácil evitar ser como mi maestro de historia en la preparatoria, el que un día no me permitió presentar un examen porque llegue tarde al quedarme dormido ya que yo trabajaba hasta las 2 de la madrugada como mesero para estudiar, el mismo que conocía mi situación y que me contestó : “si trabajas o no, ese no es mi problema así que a ver como le haces porque tu calificación será NP” Considero que podemos encontrarle sentido a nuestra labor, trabajar al servicio de nuestros alumnos y disfrutar de ello cada día si omitimos cometer los errores y buscamos superar los aciertos de nuestros maestros anteriores. Una vez que logremos lo anterior, al trabajar con amor, paciencia y dedicación, nuestros chicos lo percibirán y responderán en consecuencia, eliminando con ello la indisciplina, otro de los obstáculos serios a vencer según Esteve; porque las actitudes se contagian
Y en efecto, el horario de labores en mi trabajo me permitió que en Junio de 1996 concluyera mis estudios de Lic. En Contaduría, con lo que vino un cambio en las asignaturas a impartir, siendo éstas ahora las del área económico-administrativa.
Desde 1989 y durante todo este tiempo, sólo he tomado cursos cortos en lo que a conocimientos pedagógicos y didácticos se refiere, pues consideraba más importante actualizarme en mis conocimientos técnicos pues son los que “debo transmitir”. Por eso, en 1999 inicié estudios de maestría en administración, mismos que concluí en 2001. Sin embargo, con los cambios en las formas de trabajo en el aula y las dificultades a que me he enfrentado para que mis alumnos estudien motivados y adquieran los conocimientos requeridos, planear y evaluar objetivamente mis actividades de trabajo, lograr que mis alumnos adquieran conocimientos, habilidades, destrezas y valores, entre otras, estoy convencido que tan importante es dominar el contenido específico de las asignaturas que imparto como las estrategias que me permitan lograr en los estudiantes un aprendizaje para la vida. Por esta razón, haré mi mejor esfuerzo para subsanar esa debilidad que como docente poseo.
Con el paso del tiempo, estoy convencido que dedicarme a la docencia es lo mejor que me ha podido suceder porque la educación es uno de los pilares más importantes para el desarrollo económico, tecnológico, humano y social de los pueblos, ya que a través de ella pueden resolverse los problemas más graves que los aquejan como el hambre, las enfermedades, la injusticia, entre otros. Poder contribuir en la formación académica y humana de todos esos jóvenes que en algún tiempo estuvieron frente a mí, ávidos de aprender o con la necesidad de ser escuchados como personas y haberles sido útil, es algo que solo pude lograr en esta actividad tan extraordinaria.
Trabajar como docente y directivo en el mismo subsistema de Ciencias del Mar del cual soy egresado, ha llenado de múltiples satisfacciones mi vida, por ejemplo: he tenido la oportunidad de ver a muchos de mis ex alumnos realizados como personas triunfadoras y recibir una visita, una carta, un e-mail o una llamada para decirme “muchas gracias maestro, por todo lo que hizo por mi”, de igual manera, muchos padres de familia me honran con su amistad “por todo lo que hizo por mi hijo(a)”. Ser docente también me ha permitido ser un mejor padre, un mejor hermano, un mejor hijo y un mejor amigo; porque eso se logra gracias al contacto con las personas, con su calidez, con sus problemas, con sus opiniones y consejos; las máquinas no brindan eso. Casi todo lo que tengo y lo que soy, se lo debo a esta noble profesión; me llena de orgullo contestarles “soy docente”, a quienes me preguntan ¿a qué te dedicas?
Indudablemente, como en cualquier actividad a la que se dedica el hombre, existen momentos, motivos o circunstancias que pueden causar tiempos de desequilibrio o insatisfacción al individuo. En lo personal, puedo decir que una de las circunstancias que me ha molestado y me sigue molestando es la política de la educación pública que establece un calendario con sólo 200 días de clases al año, de los cuales hay que descontar no sé cuantos por todos los motivos que se nos ocurran para suspender clases y hacer mega puentes, ¿y el porcentaje del PIB que nuestro congreso decide destinar a la educación? Basta con revisar un poco los resultados de las evaluaciones que en materia educativa hace la OCD a sus países miembros para que podamos darnos cuenta de la posición que ocupa México; pero ¿cómo mejorar el nivel educativo de nuestro país con tan pocos días y horas reales de clase en el aula y con las limitaciones de presupuesto para materiales didácticos, bibliográficos, equipamiento y capacitación, entre otras que todos conocemos? Esa es una de las circunstancias que más insatisfacciones me ha causado. Otra más, y que vivo constantemente, es la impotencia de no poder hacer nada ante el grave problema de la deserción que vivimos en la educación del NMS. Cuando un joven o señorita de 15, 16 o 17 años se me acerca para decirme que dejará la escuela para buscar un empleo porque debe ayudar con los gastos de su casa me pregunto: ¿dónde está esa riqueza de nuestro país?, ¿porqué no somos capaces de transformar nuestros recursos naturales y distribuir de manera equitativa esos ingresos entre la población?, ¿porqué son unos cuantos nacionales y extranjeros los que cada vez son más ricos y el resto de los mexicanos cada vez más pobres?. Solo tengo una respuesta para mi mismo: porque en general somos un pueblo ignorante y analfabeto que en promedio leemos ½ libro al año. Por todo ello y por mucho más creo que ese estado de insatisfacción que a veces experimento, es el que, al despertar todos los días me recuerda que como maestro tengo un compromiso muy fuerte con esos jóvenes que no tiene el hábito de leer y que no encuentran motivos para hacerlo; con esos jóvenes que no les interesan las matemáticas porque no saben para que les servirán; con esos jóvenes que no quieren aprender administración o contabilidad porque la primera es muy aburrida ya que hay que leer mucho y la segunda son puros números que no entienden.
Como ya dije, uno de los caminos para que México alcance el tan ansiado y canturreado desarrollo es la educación, y nosotros, los maestros, debemos ser los pilares para impulsar una educación del nivel que el mundo globalizado exige y apremia.
Con todo mi aprecio, reciban un fuerte abrazo.
Bernardo Salgado
CD. del Carmen.
Mis primeros estudios fueron los de Técnico en Mecánica Naval, y con esta carrera, desde el mes de Enero de 1989 hasta Julio de 1994 me desempeñé como docente de asignaturas tecnológicas de la misma carrera y en el mismo plantel del que egrese. Todo inició por la falta de un docente que impartiera las asignaturas de Máquinas-herramientas y Sistemas Hidráulicos. Como el director en turno había sido mi maestro de matemáticas y conocía de mi experiencia en la industria púes mientras estudiaba también trabajaba en ese campo, me solicitó cubriera dicha vacante de manera temporal y sin percepción alguna pues él conocía de mis planes de continuar estudiando.
Y en efecto, como narra José M. Esteve: aún recuerdo no sólo el primer día de clase, en el que al subir cada escalón de la escalera para llegar al final del pasillo que me llevaría al aula numero 10, me temblaban las piernas y se agitaba mi respiración, no por el esfuerzo de subir, sino por esa ansiedad que te hace zumbar los oídos y sentir hormigueo en el estomago. Y ahí estoy, en el pasillo, veo al final de él a un grupo de estudiantes con los que un año atrás había jugado y bromeado, incluso, discutido con alguno de ellos. Recuerdo con mucha claridad el día anterior cuando el director me entregó el programa de “lo que debía enseñar”. ¿Y cómo le hago ingeniero?, yo nunca he dado clases. “Pero eres bueno en lo que haces allá afuera, enséñales eso pero de acuerdo al programa”. Toda la tarde me estuve preguntando ¿por dónde y cómo empiezo?, ¿qué les digo para que me pongan atención y aprendan?. Finalmente decidí que hacer unos diagramas de circuitos hidráulicos con símbolos que seguro estaba nunca habían visto me daría esa seguridad y autoridad que necesitaba para demostrarles que “yo tenía el control, porque sabía mucho”. Me acerco al grupo de alumnos al final del pasillo y saludo: “buenos días jóvenes”. “¿Qué onda gûey, porqué tan ceremonioso pa saludar?, ¿qué te trae por acá?”. “Soy su nuevo maestro de hidráulica”. Ja ja ja, ¡No inventes!, ¿Tú?. En ese momento todos mis planes del maestro que “sabía mucho” no sirvieron de nada porque ese recibimiento nunca lo consideré. Así que en lugar de mostrar mis diagramas que había preparado, los invité al taller y frente a ellos llevé a cabo la reparación de un equipo de simulación que por mucho tiempo había estado averiado, eso captó su atención, la atención que yo deseaba para mostrarles mis diagramas y decirles que para reparar equipos de ese tipo era necesario saber interpretar sus diagramas. A base de ensayo y error logré que aprendieran a interpretar y construir circuitos hidráulicos. Sin darme cuenta, practiqué la definición magisterial de Miguel de Unamuno: les hice sentir la necesidad de aprender circuitos hidráulicos, para pensar en las soluciones de equipos descompuestos y mediante estos conocimientos poder acceder a un ingreso económico como yo y que todos consideraron era un excelente sueldo en ese momento. A base de ensayo y error, experimentando cosas nuevas y rompiendo esquemas hasta en el lenguaje con que me dirijo a mis alumnos, me he formado como docente. Ese ha sido y creo que será el mejor grupo de alumnos que tendré en mi vida como maestro, porque, como cita Ma. Carmen Díez, en esa aula 10 y en el taller no solo compartimos el tiempo, el espacio y el afecto mutuo, sino que surgieron entre ellos y yo lazos afectivos que aún prevalecen. Ahí aprendí y descubrí que puedo ser un buen interlocutor con mis grupos, porque fácilmente puedo establecer canales de comunicación con ellos y con esto, según Esteve, ya eliminé una de las dificultades a que nos enfrentamos para ser maestros de humanidad aunque como cada grupo es único, esto significa que debo permanentemente “pensar y sentir” nuevas formas de comunicarme con ellos.
A pesar de que me considero un buen interlocutor, el reto de divertirnos en grupo cuando explico algún tema, no lo he superado del todo a pesar de que no soy el maestro que guarda su cuaderno de hojas amarillentas que contienen los apuntes de hace 10 años y de que me auxilio de apoyos como presentaciones en PP, consultas en páginas de internet, etc. Porque reconozco que no todos los días, antes de explicar un tema, me he preguntado qué sentido tiene que me pare frente a mis chicos y les hable de ello, qué les voy a aportar, para qué les va a servir, mucho menos cómo enganchar lo que ellos saben con lo que yo quiero que aprendan. La implementación de la reforma me sorprendió siendo directivo y sin estar frente a grupo. Ahora, enfrento la mayor de mis dificultades como docente frente a grupo: ponerme al corriente con las nuevas formas de trabajo en el aula que mis compañeros maestros vienen experimentando desde hace 4 años y a las cuales los alumnos ya están más o menos acostumbrados. Me inquieta ser la pieza que no encaja en este rompecabezas tan complejo.
Después de un semestre, me hicieron la propuesta de contratarme para laborar oficialmente en el plantel, haciéndome ver las virtudes que ofrece esta profesión: trabajas con personas a las cuales puedes ayudar en su formación, existen tres periodos vacacionales al año, laboras en horarios flexibles de lunes a viernes y eso te permitirá continuar estudiando, entre otras.
Reconozco que no había considerado dedicarme a la docencia y que fueron las circunstancias del momento, así como la satisfacción que me brindaron las primeras experiencias de compartir con mis alumnos esos conocimientos adquiridos en el sector laboral lo que me llevó a renunciar a mi empleo en la iniciativa privada e incorporarme de tiempo completo a la docencia.
Y ahí estaba ahora, contratado oficialmente para ser docente en un plantel de EMS después de haber renunciado a trabajar en el sector industrial, entre máquinas que funcionaban gracias a la combinación de la electricidad, mecánica, electrónica y la hidráulica... y también a mi trabajo y el de otros que nos encargábamos de darles mantenimiento o repararlas cuando se dañaban. ¡De técnico mecánico industrial a maestro!, ¡Que giro! Yo sabía como arreglar máquinas para que hicieran su trabajo pero no sabía como organizar a un grupo de chavos, casi de mi edad, para que hicieran el suyo: aprender. Encontrar mi identidad en la nueva profesión que había elegido no fue fácil, pero sin saber que estaba en búsqueda de ella, partí de algo que me pareció básico: yo no sería como aquellos de mis maestros que recordaba con desagrado y buscaría, por el contrario, la forma de ser como aquellos que, al recordarlos, hacían sentir en mi una inmensa gratitud hacia ellos. Con ello, me siento afortunado porque mi gran y mejor maestra Refugio, quien me enseñara el mundo a través del entendimiento de las letras a mis 8 años de edad siempre decía: “yo vengo con mucho gusto hasta este rincón, lejos de la civilización y de mi hogar para enseñarles a ustedes que pueden tener una mejor vida, y lo hago, porque me gusta trabajar para ustedes”. Ella me enseño con amor, con paciencia y dedicación y sin saberlo, sembró en mí las bases para encontrar mi identidad como docente porque en esos valores descansa mi trabajo actual por lo que estoy convencido de esta frase que leí no recuerdo donde: “la educación no debe ser concebida, sino como un acto de amor y buena voluntad hacia nuestros semejantes”. Me propuse y me fue fácil evitar ser como mi maestro de historia en la preparatoria, el que un día no me permitió presentar un examen porque llegue tarde al quedarme dormido ya que yo trabajaba hasta las 2 de la madrugada como mesero para estudiar, el mismo que conocía mi situación y que me contestó : “si trabajas o no, ese no es mi problema así que a ver como le haces porque tu calificación será NP” Considero que podemos encontrarle sentido a nuestra labor, trabajar al servicio de nuestros alumnos y disfrutar de ello cada día si omitimos cometer los errores y buscamos superar los aciertos de nuestros maestros anteriores. Una vez que logremos lo anterior, al trabajar con amor, paciencia y dedicación, nuestros chicos lo percibirán y responderán en consecuencia, eliminando con ello la indisciplina, otro de los obstáculos serios a vencer según Esteve; porque las actitudes se contagian
Y en efecto, el horario de labores en mi trabajo me permitió que en Junio de 1996 concluyera mis estudios de Lic. En Contaduría, con lo que vino un cambio en las asignaturas a impartir, siendo éstas ahora las del área económico-administrativa.
Desde 1989 y durante todo este tiempo, sólo he tomado cursos cortos en lo que a conocimientos pedagógicos y didácticos se refiere, pues consideraba más importante actualizarme en mis conocimientos técnicos pues son los que “debo transmitir”. Por eso, en 1999 inicié estudios de maestría en administración, mismos que concluí en 2001. Sin embargo, con los cambios en las formas de trabajo en el aula y las dificultades a que me he enfrentado para que mis alumnos estudien motivados y adquieran los conocimientos requeridos, planear y evaluar objetivamente mis actividades de trabajo, lograr que mis alumnos adquieran conocimientos, habilidades, destrezas y valores, entre otras, estoy convencido que tan importante es dominar el contenido específico de las asignaturas que imparto como las estrategias que me permitan lograr en los estudiantes un aprendizaje para la vida. Por esta razón, haré mi mejor esfuerzo para subsanar esa debilidad que como docente poseo.
Con el paso del tiempo, estoy convencido que dedicarme a la docencia es lo mejor que me ha podido suceder porque la educación es uno de los pilares más importantes para el desarrollo económico, tecnológico, humano y social de los pueblos, ya que a través de ella pueden resolverse los problemas más graves que los aquejan como el hambre, las enfermedades, la injusticia, entre otros. Poder contribuir en la formación académica y humana de todos esos jóvenes que en algún tiempo estuvieron frente a mí, ávidos de aprender o con la necesidad de ser escuchados como personas y haberles sido útil, es algo que solo pude lograr en esta actividad tan extraordinaria.
Trabajar como docente y directivo en el mismo subsistema de Ciencias del Mar del cual soy egresado, ha llenado de múltiples satisfacciones mi vida, por ejemplo: he tenido la oportunidad de ver a muchos de mis ex alumnos realizados como personas triunfadoras y recibir una visita, una carta, un e-mail o una llamada para decirme “muchas gracias maestro, por todo lo que hizo por mi”, de igual manera, muchos padres de familia me honran con su amistad “por todo lo que hizo por mi hijo(a)”. Ser docente también me ha permitido ser un mejor padre, un mejor hermano, un mejor hijo y un mejor amigo; porque eso se logra gracias al contacto con las personas, con su calidez, con sus problemas, con sus opiniones y consejos; las máquinas no brindan eso. Casi todo lo que tengo y lo que soy, se lo debo a esta noble profesión; me llena de orgullo contestarles “soy docente”, a quienes me preguntan ¿a qué te dedicas?
Indudablemente, como en cualquier actividad a la que se dedica el hombre, existen momentos, motivos o circunstancias que pueden causar tiempos de desequilibrio o insatisfacción al individuo. En lo personal, puedo decir que una de las circunstancias que me ha molestado y me sigue molestando es la política de la educación pública que establece un calendario con sólo 200 días de clases al año, de los cuales hay que descontar no sé cuantos por todos los motivos que se nos ocurran para suspender clases y hacer mega puentes, ¿y el porcentaje del PIB que nuestro congreso decide destinar a la educación? Basta con revisar un poco los resultados de las evaluaciones que en materia educativa hace la OCD a sus países miembros para que podamos darnos cuenta de la posición que ocupa México; pero ¿cómo mejorar el nivel educativo de nuestro país con tan pocos días y horas reales de clase en el aula y con las limitaciones de presupuesto para materiales didácticos, bibliográficos, equipamiento y capacitación, entre otras que todos conocemos? Esa es una de las circunstancias que más insatisfacciones me ha causado. Otra más, y que vivo constantemente, es la impotencia de no poder hacer nada ante el grave problema de la deserción que vivimos en la educación del NMS. Cuando un joven o señorita de 15, 16 o 17 años se me acerca para decirme que dejará la escuela para buscar un empleo porque debe ayudar con los gastos de su casa me pregunto: ¿dónde está esa riqueza de nuestro país?, ¿porqué no somos capaces de transformar nuestros recursos naturales y distribuir de manera equitativa esos ingresos entre la población?, ¿porqué son unos cuantos nacionales y extranjeros los que cada vez son más ricos y el resto de los mexicanos cada vez más pobres?. Solo tengo una respuesta para mi mismo: porque en general somos un pueblo ignorante y analfabeto que en promedio leemos ½ libro al año. Por todo ello y por mucho más creo que ese estado de insatisfacción que a veces experimento, es el que, al despertar todos los días me recuerda que como maestro tengo un compromiso muy fuerte con esos jóvenes que no tiene el hábito de leer y que no encuentran motivos para hacerlo; con esos jóvenes que no les interesan las matemáticas porque no saben para que les servirán; con esos jóvenes que no quieren aprender administración o contabilidad porque la primera es muy aburrida ya que hay que leer mucho y la segunda son puros números que no entienden.
Como ya dije, uno de los caminos para que México alcance el tan ansiado y canturreado desarrollo es la educación, y nosotros, los maestros, debemos ser los pilares para impulsar una educación del nivel que el mundo globalizado exige y apremia.
Con todo mi aprecio, reciban un fuerte abrazo.
Bernardo Salgado
CD. del Carmen.
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